Esas vocecitas


Cualquier oportunidad es buena para hacer el tonto, el idiota o simplemente el gilipollas. Porque vamos a ver: ¿es absolutamente necesario poner la voz aguda y de tontito cada vez que le hablamos a un niño? ¿Han meditado ustedes qué pensará el Niño cuando le hablamos así? Yo se lo digo: que no quiere ser adulto nunca. Se puede argumentar, y creo que hay estudios de esos de universidades raras que así lo hacen, que es una forma aprendida con el tiempo y la evolución por la cual la transmisión de conocimientos es más efectiva.




 

Esas vocecitas

Ja, vamos a ver: no creo que sea necesario poner esa vocecilla absurda para decirle al tierno infante que mire al guau-guau. Sería más importante decirle que eso que hace guau-guau se llama perro, y si te descuidas o lo puteas se defienden dándote un bocado. No creo que presentando un idílico mundo de guau-guaus de peluche acabemos de trasmitirles nada, al menos nada útil. Aunque lo del perro tiene cierto pase, a fin y al cabo los perros ladran de esa manera, lo que ya me parecer que roza altas cotas de absurdidad, creo que esta palabra acabo de inventarla yo, es llamar mimI al gato. El mismo tono de voz que usamos para el niño, usamos para el perro. Los sacamos a paseo y tenemos que poner la maldita vocecilla, les damos de comer lo mismo, y si el perro hace caquita (que fino soy) pues lo mismo. Y cuanta más pequeña sea la raza del perro más agilipollada nos sale la voz.

Por cierto, a todos aquellos que tengan perro, déjenme que les de un consejillo aunque soy poco dado a darlos. Miren, si ustedes tiran una pelota o palo para que el perro se lo traiga, yo creo que el perro se divierte las diez primeras, quizá las quince primeras, pero hay un momento en que el perrito acaba hasta el rabo de dicho jueguecito.

Pero no era este el consejo que quería darles. Si se encuentran en un parque y le tiran el palito al perro y luego hacen como que se lo vuelven a tirar y engañan al pobre perro, trate de no sentirse orgulloso de hacerlo, porque le recuerdo que usted ha engañado a un perro, un animal muy cariñoso pero que no está dotado de una especial inteligencia: les recuerdo que entre ellos han de olisquearse la entrepierna para saber si lo que tienen delante es macho o hembra. Aunque bien pensado, en los tiempos que corren quizá los hombres debiéramos hacer lo mismo, ¿no creen?

 

Otro gran momento absurdo: hablar de comida. ¿Es absolutamente necesario hablar de la comida en diminutivo?

Ya saben: las verduritas, la frutita, el pollito, ternerita, el arrocito, etc.

Afortunadamente existen algunos productos o comidas para los que aplicar el diminutivo no es cosa sencilla. A saber: Los petitsuisitos, el ragoutitodeternerita, tortillitadeconstruidita.

Acaso por poner usar el diminutivo en las comidas, ¿su poder calórico disminuye? ¿se adelgaza? ¿sabe mejor? o ¿parece que pertenecemos a la casa de Alba?

 

Así está el mundo, así lo veo yo y así trato de contárselo.