LOS LÍMITES


DIEGO LLERGO




 

LOS LÍMITES

Habitualmente creemos saber dónde está el límite y procuramos no traspasarlo, o al menos que no nos vean. Los límites los marcan la buena educación, las normas de higiene o el que dirán. Pero cuando la oportunidad surge, nos lo saltamos a la torera (para los taurinos) u olímpicamente (para los deportistas).

Recomiendan los médicos, los mismos que decían que el aceite de oliva era malo para el colesterol, que después de cenar demos un paseo para aliviar la sensación de pesadez de la cena. Así, es fácil encontrar a las 22:30 por la calle paseantes que escuchan la radio, o simplemente cumplen con los preceptos médicos. Sanas personas, pensamos.

También podemos encontrar a estos amantes de la salud a las 23:30 y pensamos que parece ser que han cenado un poco tarde. Bueno, una hora un poco extraña para pasear, pero un día es un día. El problema se plantea pasadas las doce de la noche, que es el momento en que pasa de ser sana costumbre a un (placentero) vicio. Ese es el límite, las doce de la noche, a partir de entonces todos los gatos son pardos, cosa que me importa bastante poco, y los paseantes son mala gente.

Los tiempos no solo permiten que la gente cambie de sexo, si no que también cambia el sentido de las frases. Hace unos años no era lo mismo decir que a mi vecino le gustaba el vino, que decirlo ahora. Antes era poco más o menos acusarlo de borrachuzo, y ahora se le admira por su cultura enológica, por su buen gusto y por su sensibilidad. Cuidado con la sensibilidad, que poseer demasiada también puede hacer pensar a la gente que caminas por aceras de enfrente.

Cuidadito con las partidas de cartas, el límite lo marca el valor de la apuesta. Si usted se apuesta el cafetillo del mediodía, usted tiene una afición. Si lo que se apuesta son cinco centimillos, usted es un travieso. Pero como la apuesta pase de los 20 céntimos, usted es un vicioso.

Vamos, que tengan cuidado con sus costumbres que la vecindad les observa y lo que es peor, interpreta lo que quiere y cuenta lo que le sale de la mismísima gana.
Así está el mundo, así lo veo yo y así trato de contárselo.