Educación y norma


CARMEN SOUCASE - ABOGADO




 

Educación y norma

    Siempre he pensado que cuando las normas judicializan la vida cotidiana la justicia va dejando de ser poco a poco justicia. Quizás por el hecho de penalizar  acciones a fin de amparar y proteger los derechos ajenos. Y en ello ha incidido de forma patente nuestro actual estado de bienestar, nuestros avances tecnológicos, y nuestras dependencias.

    También he manifiestado en muchas ocasiones que algunas de las conductas sociales que hasta hace poco resultaban admitidas, y cito como ejemplo la tutela que el hombre ejercía sobre la mujer, hoy en día resultan desfasadas e inadmisibles. Es impensable que hoy una mujer no pueda tener una cuenta bancaria a su nombre o no pueda compararse un coche sin el consentimiento de su padre, o si lo tiene su marido. Hemos avanzado en la equiparación del hombre y de la mujer, como también respecto de la educación de los hijos, de la forma ejercer la patria potestad sobre los mismos, que no implica obviar el deber de corregir pero no como antes se entendía, sino desde el respeto hacia nuestros hijos como personas. Quizás de ahí proviene la confusión actual en las formas de educar, por cuanto, la patria potestad sobre nuestros hijos nos obligar a educarlos, sin embargo hay quienes confunden que ese deber de educarlos es igual a que “ hagan lo  que les da la gana”. Y es posible, por cuanto no soy sociólogo,  que los problemas actuales de la llamada  falta de educación y principios sociales provengan de la laxitud de no poner en práctica el principio general de todo ser humano que es el derecho a ser educado.  Educación que comprende no solo la formación educativa, sino la formación en los principios que rigen la  sociedad: respeto al otro, tolerancia, cumplimiento de normas, orden publico, etc.

    Hace años cuando una persona generaba un altercado, una pelea, los que veían dicha escena no dudaban en intervenir, hoy nadie se atreve hacerlo por el miedo a la consecuencia. Hace unos años ante una actuación incívica, no se dudaba en recriminar a quien la hacia,  hoy es impensable. Todo ello ha generado tal situación de grosería hacia el contrario, que ha provocado que el norma judicialice aspectos que antes formaban parte de la educación y hoy ni tan siquiera son contemplados.
Hace unos años cuando no existía móvil, ni GPS, nadie hablaba por teléfono desde su vehículo, salvo los oficiales, y nadie iba pendiente de lo que el navegador indicaba. Uno extendía  el mapa y se daba un tiempo para llegar mas otro tiempo  prudencial por el extravío en la ruta. Y la verdad: todos llegábamos, antes o después a nuestro destino. Ahora la norma penaliza el uso del navegador durante la conducción, el uso  del teléfono móvil conduciendo, y además  conductas al volante que provocan distracción como fumar un cigarrillo. ¿Se acuerdan ustedes cuando hace unos años  lo normal era fumar mientras se conducía? ¿Cuantas películas han visto en las que el protagonista masculino, conduciendo un hermoso descapotable rojo, ligaba con la chica fumando un cigarrillo? Pues a eso me refería, que conductas normalizadas ahora son contrarias a lo actual.
Y me parece correcto, porque el hacer lo que a uno le viene en gana también coarta la libertad del otro, pero  que nadie piense que por imponer la norma se va educar antes. La norma no educa, en todo caso previene y penaliza. Quizás los nos falta es formación es saber utilizar todos los avances tecnológicos actuales sin causarnos dependencia ni poner en peligro la vida de los demás. Quizás lo que ha fallado es incorporar a nuestra vida elementos tecnológicos dando por sentado que van a ser utilizados con rigor. Quizás lo que falla son acciones sencillas: no incorporar un mechero ni cenicero a un coche, que el GPS se desconecte cuando el vehículo arranque, que las gasolineras coloquen inhibidores de frecuencia para evitar el funcionamiento de los móviles, y así uno tras otro. Y en definitiva lo que sigue fallando es educación.