RESPUESTA A ARTICULO DE PAOLO FLORES D'ARCAIS,


"Señor Paolo Flores D'Arcais, no soy profesor de filosofía ni de teología, ni siquiera rozo a ser un hombre culto, no obstante compartir con usted y el resto de los burgueses occidentales el ser hijos de la Ilustración, -como lo somos de Grecia, de Roma y, aunque a algunos les pese y sorprendentemente a muchos sorprenda hoy, del mismísimo Cristo-, que es cosa bien distinta a ser hombres informados, ilustrados o cristianos. A pesar de estas limitaciones voy a tratar de contestar su diatriba contra la encíclica "SPE SALVI" de Benedicto XVI y contra Benedicto XVI y la misma Iglesia, publicada el pasado 17 en "EL PAÍS" e inmediata y ampliamente difundida por la red.




 

RESPUESTA A ARTICULO DE PAOLO FLORES D'ARCAIS,

Sólo soy un cristiano de a pie y ciudadano corriente, que trata de no cerrar los ojos a lo que los ojos de la historia han visto, fundamentalmente en los dos últimos siglos, ni a los que los hombres ilustrados y cultos han manifestado, incluidos por supuesto usted y los hombres ilustrados y cultos al servicio de la Iglesia de Cristo, como sin duda lo es también el actual Santo Padre. Y no pretendo responderle desde la fe, esa que nos dice que la Iglesia fue instituida por el mismo Cristo, que él no la abandonará en ningún momento hasta el final de los tiempos a través del Espíritu Santo, y que "las puertas del infierno no prevalecerán contra ella".

Su artículo, quién podría negarlo, sorprende por lo que tiene de excelente resumen expositivo de partes fundamentales de la mencionada encíclica y de la misma doctrina de la Iglesia católica, si bien su crítica no hace otra cosa que reproducir, bien es verdad que desde hace ya mucho tiempo sin convencimiento alguno, los sempiternos lugares comunes utilizados por el decimonónico y trasnochado ateísmo militante.

Ateísmo a sueldo, en muchos casos sin percatarse, de los actuales detentadores del poder político que a su vez, también en muchos casos quizás sin percibirlo, se afanan al servicio del verdadero y eficacísimo poder que rige hoy los destinos de la tierra, el poder casi omnímodo del dinero, a quien la Iglesia por razones obvias nunca dejará de resultar su más recalcitrante enemiga, como defensora que es de la verdadera libertad del espíritu hoy reducida casi a la nada, con el eficacísimo método de mantener a los ciudadanos del ámbito de la modernidad occidental en la esclavitud de sus hipotecas, deudas diversas e ignorancias profundas y, en la práctica totalidad del resto del mundo, dejando literalmente morir de hambre a los parias de la tierra, donde quiera que transfiriendo las técnicas de la nueva esclavitud consideran que no es suficientemente rentable.

Benedicto XVI, a quien usted tiene la honestidad de reconocerle, no obstante el explícito tono desaprobatorio y crítico, sus "indudables y prepotentes artificios académicos que animan su pluma", así como que "...El razonamiento teológico-político de Joseph Ratzinger es compacto, lineal y -en su lógica confesional y dogmática- perfectamente coherente", no hace en efecto otra cosa que ser coherente con el Magisterio de la Iglesia, ininterrumpido a lo largo de dos mil años, incluida la "SYLLABUS", la "PASCENDI", la "FIDES ET RATIO", el Concilio Vaticano II, la "SPE SALVI" y tantos otros documentos pastorales y conciliares.

Sin embargo, Benedicto XVI, ni ahora como Santo Padre ni antes como teólogo, ni nunca como el hombre culto a la altura de su tiempo que siempre ha sido y sus pares de la más alta intelectualidad le han reconocido siempre, ha venido a decir o escribir nada en contra o a favor -de todo lo que indudablemente tuvo y conserva de positivo el llamado siglo de las luces- de la Ilustración y de la Revolución Francesa y sus ya seculares consecuencia, que no haya sido sostenido también por otros muchos intelectuales y pensadores de reconocido prestigio y solvencia intelectual fuera del ámbito de influencia de la Iglesia católica.

Por citar alguno, George Steiner, uno de los pensadores más relevantes y brillantes del panorama intelectual internacional, profusamente citado por muchos declarados agnósticos y ateos de los distintos entornos académicos y periodísticos. Nada menos que allá por 1974, daba cinco importantes conferencias radiofónicas en Canadá, que luego se convertirían en un interesante libro, editado en España con el título "Nostalgia del Absoluto".

Venía Steiner ya en tan lejana fecha y coincidiendo, a buen seguro sin saberlo, con partes fundamentales de numerosas encíclicas de la Iglesia católica y con el propio Concilio Vaticano II,  a desenmascarar y denunciar el error teórico y el rotundo fracaso de las mitologías sustitutivas de la religión tradicional: la filosofía política de Marx, el psicoanálisis de Freud, la antropología de Lévi-Strauss, la idea moderna del progreso o el  durante mucho tiempo sacralizado y sacado de contexto papel de las ciencias positivas.

Decía Steiner literalmente en las citadas conferencias que ". el contrato humanista liberal había sido roto. Este contrato suscribe el pensamiento occidental desde Jefferson y Voltaire a Matthew Arnold y quizás Woodrow Wilson. Ahora, ha quedado hecho pedazos. El impacto de este doble fracaso sobre la psique occidental ha sido, evidentemente, destructivo".

Steiner, insisto que coincidiendo con la doctrina de la Iglesia al respecto, a tenor de ".estas mitologías racionales que pretenden tener un carácter científico, normativo", afirmaba ya entonces que ".Es una obviedad decir que la cultura occidental está sufriendo una dramática crisis de confianza. Las dos guerras mundiales, la vuelta a la barbarie política de la que el holocausto fue sólo el ejemplo más bestial, la inflación continua -factor que corroe las estructuras de la sociedad y la persona de una forma radical y no plenamente comprendida todavía-, todo esto ha provocado un ataque de nervios generalizado". 

Cierto que Steiner, no obstante coincidir con la Iglesia en gran parte del diagnóstico, la culpa de otras cosas, -según creo percibir a causa de no haber investigado suficientemente la realidad de determinados hechos históricos-, porque si bien como él dice no "debemos olvidar que la predicción racionalista fue también terrible y trágicamente errónea" haciéndola coincidir con el mismo error supuestamente cometido según él por la Iglesia, oculta o desconoce que en todas sus encíclicas y sin duda en el Concilio Vaticano II, la Iglesia profetizó las consecuencias y el horror de muchos de los presupuesto teóricos del modernismo, del liberalismo, del comunismo, del nazismo, del capitalismo y de los totalitarismos de todos los colores, a los que siempre se ha opuesto de forma radical desde la verdad revelada por Cristo, pero por supuesto también desde esa razón que ella ha defendido, custodiado, enriquecido y propagado desde los mismos inicios de su historia.

Nadie puede negar la oposición de la Iglesia, de sus santos, el testimonio de sus mártires, contra toda forma de totalitarismo, incluido el totalitarismo de la razón creadora cuando es reducida a ese racionalismo de tan estrechas miras del que tanto gusta el burgués al uso, del espíritu científico que degenera en totalitarismo cientifista y ateísta así como la ristra de patéticas conclusiones derivadas con que se acostumbra a atacar la fe de los creyentes e insultar la inteligencia común a todos, del letal totalitarismo relativista en que se desemboca cuando se renuncia a la búsqueda de la verdad, y del hedonismo nihilista en que venimos a deshumanizarnos cuando perdemos nuestra dignidad de seres trascendentes, de hijos de Dios, en definitiva, cuando perdemos la fe.

De todo esto es de lo que se trata en "SPE SALVI", y de la esperanza que el hombre ha perdido en sí mismo y en sus posibilidades, cuando quiera que decidió desbancar del centro de su existencia la verdad que reside en Cristo, a Cristo mismo.

En la "FIDES ET RATIO" que usted hace bien en recordar, Juan Pablo II nos recordó a todos, ateos, agnósticos y creyentes: "Sin la razón, la fe va hacia la ruina; sin la fe, la razón corre el riesgo de atrofiarse".

Sencillamente no es cierto, no han estado nunca Benedicto XVI ni sus predecesores, ni la Iglesia en su conjunto, en contra de la razón sino todo lo contrario; nunca, a pesar de los errores en los que algunos de sus miembros han incurrido en ese largo periplo bimelenario y que usted le honra recordar sin olvidar que efectivamente se ha pedido perdón por ellos.

Ninguna otra institución como la Iglesia, contra propios a veces y extraños últimamente, ha defendido y continúa defendiendo ese precioso don que concedió Dios al hombre, la posibilidad de acceder a la verdad a través de la razón; ni ha preservado y continúa preservando de tantos ataques la dignidad del ser humano, esa que el mundo moderno ha mancillado y continúa eludiendo y destrozando de tantas y diversas formas, de manera muy especial, virulenta y masiva en el ya pasado siglo XX.  "Quien tenga oídos para oír, que oiga; y ojos para ver, que vea".


Antonio Torres